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EL LINCE
 EL lince ibérico, el mítico y endémico felino español, Lynx Pardinus, camina inexorablemente hacia su extinción, empujado hacia su precipicio final por varias causas bien conocidas.
La dramática disminución de la población española de conejos, diezmada por la mixomatosis y la neumonía vírica, limita severamente la dieta posible de nuestro pequeño tigre, especialmente adaptado para su caza. Menos conejos, equivalen a menos linces. Es patente la brusca disminución del número de conejos en nuestros campos; en montes donde se veían cientos en un paseo, ahora difícilmente se aprecia alguno. Pronto habrá más jabalís que conejos, y de seguir así, también tendremos que declarar al conejo silvestre especie en extinción.
Pero esta tendencia podría ser quebrada; si nos lo propusiéramos no nos sería tan difícil encontrar vacunas eficaces contra sus enfermedades, por lo que la principal amenaza sobre nuestros linces y águilas estaría solucionada.
La segunda causa es la creciente presión humana sobre los escasos hábitats de nuestro felino, especialmente por las urbanizaciones y carreteras.
Como es natural, la atávica lucha mantenida entre el crecimiento de la economía y población humana y la conservación de la naturaleza siempre ha sido compleja y polémica -lo podemos apreciar en el asunto de la carretera Villamanrique -El Rocío-, pero no por ello debemos dejar de afrontarla. La única solución posible es conseguir ese difícil equilibrio bautizado como desarrollo sostenible, y que debe de ser una de nuestras obsesiones de cara al futuro. La supervivencia de nuestra propia especie a largo plazo irá muy unida a ese concepto.
Por eso, y porque es la naturaleza la parte más débil, tenemos que ponernos a favor de la Administración que quiere limitar velocidad, tráfico y tonelaje sobre el área de influencia del parque natural. Es interés prioritario el evitar otra extinción de una especie sobre la reducida molestia de tardar diez minutos más en un trayecto.
En 1990 se censaron 1.200 linces en España; ahora sólo quedan unos 300.
Si queremos, y las administraciones se ponen de acuerdo, podríamos evitarlo. Sería el mejor regalo para las futuras generaciones.
Manuel Pimentel
Diario de Jerez/1-04-2002
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