|
CÓDIGO DE CAZADORES
La administración, los técnicos y los ecologistas se han convertido, por unas razones u otras, en los jueces de la caza. Si cazamos con los papeles en regla, bajo los parámetros de un plan de ordenación y aprovechamiento cinegético y con todas las restricciones posibles, los tres colectivos bendecirán nuestra actividad y certificarán que nuestras formas de cazar son dignas de considerarse unas buenas prácticas cinegéticas.
A los cazadores deportistas esas tres premisas, desde algún punto de vista desproporcionadas, sin embargo, no nos parecen suficientes. Hay una nueva condición, para nosotros trascendente, que a ellos les ha pasado desapercibida, como es que durante la actividad cinegética impere la ética deportiva. Esta nueva dimensión, que no es tenida en cuenta a la hora de valorar nuestro deporte por los observadores externos, viene siendo luna liturgia propia para la mayoría de los cazadores. Al cazador ortodoxo no le vale el pollo esmirriado de codorniz, ni la perdiz cazada a peón, o birlada al compañero de ojeo, ni la liebre matada en la cama, ni dos docenas de codornices o perdices sembradas de granja, aunque podría llevarlas colgadas porque en cuanto a medios, lugar y fecha, o sea, por los papeles, nadie le pueda denunciar. La caza exige destreza, cansancio, aceptar un cierto peligro y, además, como imperativo deportivo, que tenga dificultad el lance. En palabras de Ortega y Gasset, "si al deportista le regalan la muerte del animal, renuncia a ella. Lo que busca es ganársela, vencer con su propio esfuerzo y destreza al bruto arisco". Estuvo acertado el filósofo: a la mayoría no nos vale cazar de cualquier manera.
Aunque la caza necesita una jerarquía entre cazador y presa, ésta no debe ser tan grande que aquel capture sin esfuerzo. Y ahí está la autodisciplina del deportista. Nos hemos distanciado del animal en cuanto a medios para cazar, y por otro lado, hemos perdido instintos y silvestrismo a medida que avanzaba la civilización; pero como la diferencia era aún muy grande a nuestro favor, los cazadores regulamos ese desnivel para aminorarle, y nos aseguramos el inconveniente suficiente como para que el lance nos satisfaga.
Algunos cazadores siempre hemos tenido muy claro que la caza maneja un patrimonio natural, que es un bien escaso, propiedad de la colectividad, y que, por lo tanto, legal y moralmente tiene que utilizarse por procedimientos que garanticen el aprovechamiento sostenible que haga posible su disfrute por las generaciones venideras. Para este buen fin las prácticas cinegéticas deben desarrollarse atendiendo a las siguientes recomendaciones. Debe primar un espíritu deportivo donde prime la calidad y dificultad del lance sobre la cantidad de la percha. Tiene que adaptarse a la normativa legal existente en las siguientes premisas: qué, cuándo, cómo, cuánto y dónde, debe cazarse. Debe ejercitarse bajo el control de una planificación técnica que asegure el mantenimiento sostenido de especies y ecosistemas y tiene que practicarse con espíritu de solidaridad hacia el medio y con cualquier especie, cinegética o no, que lo requiera.
Para que la acción cinegética se considera ortodoxa y dentro del código de buena conducta del cazador, cada una de estas dos modalidades requiere unas normas rígidas de actuación. Desde la Federación Española de Caza estoy elaborando una relación de recomendaciones en ese sentido que, una vez consensuadas, entrarán a formar parte del catálogo de buenas prácticas cinegéticas que intenta promocionar el patronato Fungesma.
José Luis Garrido Director de la Escuela Española de Caza
|