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MONTEAR A LA ANDALUZA

AQUELLOS trabucazos ponían la carne de gallina, pero sonaban a gloria; eran como las bombas de la fiesta de mi pueblo, que anunciaban acontecimientos solemnes. Presentía emocionado que, de un momento a otro, me entraría un venado o una piara de jabalíes. Me dijo Antonio Pérez, presidente de la sociedad cordobesa de Hornachuelos, que el trabuco servía para espolear a los perros cuando bajaban el ritmo y para levantar al jabalí de la espesura. No hemos querido perder estas maneras tradicionales de montear y hemos solicitado de la Junta de Andalucía que se permita a los rehaleros ir armados de trabuco, sólo para salvas. Yo creo que no deberían perderse estas buenas costumbres porque la estampa del rehalero, ataviado a la vieja usanza y en plena Sierra Morena, es una pincelada de color y un soplo de tradición a la que no debemos renunciar los cazadores, obligados a mantener el acervo cultural cinegético.

Estas monterías sociales son posibles por la adjudicación de aprovechamientos cinegéticos, a un precio muy asequible, que la Administración andaluza hace periódicamente a raíz de un convenio firmado con la Federación Andaluza. Ese convenio es el fundamento de un aprovechamiento social de la caza, mayor y menor, regulado a través de sociedades federadas, en los Montes del Estado o montes de la Junta de Andalucía. Gracias a ese convenio se gestiona por las sociedades federadas andaluzas la caza de unas 400.000 hectáreas, propiedad de la Junta, repartidas por todas las provincias. El convenio incluye, además, la colaboración entre las dos entidades para promover la constitución de terrenos de caza controlada y también se regula en él la figura de coto deportivo como instrumento de participación de los cazadores no residentes de la zona. También se recoge en el documento la colaboración mutua para la implantación del examen del cazador, para el desarrollo de planes de ordenación y para la realización de campeonatos. Los dos entes firmantes promueven la formación de guardas de coto de caza que prepara la Federación y examinan conjuntamente. Como consecuencia de la colaboración federativa, la Administración andaluza, además de adjudicar aquellas 400.000 hectáreas, se compromete a prestar ayuda económica para granjas cinegéticas, mejora de infraestructura de los cotos, material para guarderías, prestación de especies para repoblar los cotos federados, etcétera. En una palabra: un convenio envidiable que debe servir de modelo para el resto de las consejerías autonómicas, especialmente las cicateras con los cazadores.

En aquel amanecer de Hornachuelos fuimos buscando el día entre breñales, por medio de un monte de alcornoques, al hilo de caminos sinuosos y sin vislumbrar signos de civilización. En algún tramo siguiendo la cuerda de la sierra íbamos dejando las nubes como algodones a nuestros pies. Marchábamos haciendo una caravana montera que terminó en aquella braña, pintada de blanco por la cencellada. Sorteo de rehalas, alguna de podencos andaluces preciosos, casi clonados, que prometían bravos agarres; sorteo de armadas y palabras serias de Antonio recordando las normas de comportamiento y de caza para la montería, sin dejar nada al albur y sin concesiones. Tras la salve montera, salida al puesto, primero los de cierre, que tienen que andar cuarenta kilómetros para no atravesar la mancha y mosquear a las reses, y después los de traviesas que llegamos con una luz inigualable al puesto. Una recua de acémilas, y algún buche, esperó al toque de caracolas para recuperar las reses que caigan al carcavón.

Un macho de perdiz que irrumpió con el ‘co-re-ché...co-re-ché’ a dos metros de mí, reclamando a su hembra, me puso casi en trance. Era a finales de diciembre y las perdices ya están enceladas en Sierra Morena. Un tiroteo en la ladera de al lado y seguidamente en todo el monte me impidió almorzar pues sabía que de un momento a otro aparecería la res. Por fin una ladra empujando con brío hacia el arroyo, frente a mí, me hizo levantar el rifle para observar por el visor el espacio por donde daría la cara aquel tropel, que componían dos jóvenes hembras y un puñado de podencos tras ellas. Las hembras estaban prohibidas en aquella montería. Más trabucazos, que te mantienen en vilo, de los rehaleros que ahora manean con precisión y oficio por la ladera de enfrente. Otra ladra con res vuelta que no cumple y caracolas de recogida. La montería finalizó algo tarde. Cerca de sesenta reses y algún puesto con cinco confirma, una vez más, que la caza es fortuna. La jornada, para mí sin un disparo, estaba amortizada de sobra. Había cazado con la retina y la imaginación. Aun retengo vivas las imágenes deliciosas de Sierra Morena, de unos amigos ilusionados y triunfadores y unas maneras históricas de cazar. ¿Os parece que me he venido a Castilla con el morral vacío? Cualquier cazador sabe que no.



José Luis Garrido
Director de la Escuela Española de Caza