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AHORCAR AL GALGO

Con carácter general, en el mundo de la caza tiene sentido la frase de que "el hombre es el mejor amigo del perro". Lo que hacen algunos galgueros por su lebrel y muchos cazadores por su perro, sólo se concibe en un mundo de pasión rayana con el fanatismo, hasta el punto de que el can llega a tener preponderancia sobre las personas. Conozco varios casos de cazadores que han dejado la vida por salvar a su perro, y a muchos que la ponen en peligro cada año, en los múltiples lances que requiere la convivencia cinegética conjunta. Sé de más de uno que se ha tirado al río helado para sacar a su perro arrecido de frío y conozco a muchos perreros que no han dudado en entrar, jugándosela, a un agarre donde un jabalí estaba acuchillando a sus perros, por poner unos ejemplos. Esta pasión por el can se refleja fielmente en la Escuela Española de Caza donde hemos tenido que organizar en estos cinco años 17 cursos sobre perros y han tenido mayor asistencia los de esta modalidad que el resto de los cursos juntos. A nuestro pesar, existe también algún individuo con instinto bastardo y de cafre, que ensombrece esta impresión generalista.

No me refiero a que en el mundo de la caza, donde se mueven unos cinco millones de perros, sea necesario eliminar un mínimo porcentaje cada año por la dinámica propia que establece la selección de la actividad cinófila. Pero hay que hacerlo por procedimientos que no lleven implícito el sufrimiento innecesario del animal. No obstante, a mí me parece más irresponsable que eliminar al perro, terminar la temporada de caza y abandonar rutinariamente al can, o al irse de veraneo, o porque el cachorro ha crecido demasiado en el piso, dejar a la mascota de vagabundo con el consiguiente peligro sanitario, de siniestro o de perro cimarrón. En todos los casos, hay fórmulas aceptables para finalizar la relación a través de cualquier clínica canina, que sería lo correcto. Pero también, utilizando el servicio de recogida habilitado por la diputaciones (La de Valladolid actúa sobre más de 600 perros cada año), y los ayuntamiento de las ciudades, ya que todos recogen los perros abandonados.

Además de las maneras civilizadas, hay quien utiliza procedimientos indeseables que en algún caso rayan con lo bestial, como ahorcar al galgo ¿Pero qué se va a pedir, en cuanto a ética y estética, de esos grupos mafiosos que se dedican a robar perros, incluso con violencia sobre las personas? Esos señores ignorantes cuando un galgo robado no da lo que de él esperaban, lo eliminan de la manera que les resulte más cómoda. Aparte de ser necesario tipificar como delito el maltrato innecesario a los animales, la Administración debe exigir de hecho: el tatuaje, microchip, crotal o cualquier medio de identificación del perro para terminar con prácticas repudiables y anónimas. La identificación está legislada y sólo es preciso que los responsables del cuidado y policía de los animales actúen con la diligencia necesaria.

Pero si me parece indeseable ahorcar al galgo, aún me parece más miserable novelar un hecho tan repudiable, intentando hacer ver que el que ahorca el galgo lo hace, además, con una especie de rito satánico y deja adrede al perro tocando el suelo con las patas de atrás, para que sufra. El método de agonía prolongada, que desgraciadamente se ha dado en algún caso, ha facilitado a alguna imaginación propensa la posibilidad de escribir que el autor busca adrede el mayor sufrimiento. Esta impresión se copia y repite últimamente por todos los que denuncian la brutalidad. Igual que las mismas imágenes televisadas se ven repetidas desde hace cinco años en todos los televisores del mundo. Sin querer dulcificar la burrada, parece más natural que sea la altura de un perro tan largo y la normal de una persona que debe pasar una cuerda por una rama elevada, lo que condiciona esa situación desdichada de que el perro toque el suelo y sufra más. No puede haber nadie, excepto un loco degenerado, o un sádico, que se deshaga del galgo y se recree en una muerte agónica. Habría que llevarle al psiquiatra. Y si no fuera así, quien atribuye esas intenciones, también. Aprovechando un hecho que a todos nos repugna, algunos interesados en desprestigiar a la actividad toman la anécdota por el todo. Un galgo ahorcado, de los más de 200.000 existentes, bien cuidados y mimados, produce la ingrata sensación de que los galgueros se dedican, a final de temporada, a ahorcar al galgo. Como el pinar está en Medina, -ciudad a quien nadie va a enseñar a querer a sus lebreles- queda la impresión de que en la noble villa se dedican a colgar galgos cuando, para satisfacción de todos, se dedican a demostrar como nadie hasta dónde puede dar de sí una modalidad de caza de estética inigualable. No puede manchar la deportividad de los miles de galgueros la acción de algún cafre, que, como no lee, jamás sabrá lo que sobre él se ha escrito. Con cretinos como los que nos ocupa está justificada la frase de Lord Byron "Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro".


José Luis Garrido
Director de la Escuela Española de Caza