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EL BUEN CRIADO EXTREMEÑO

Aristóteles meditaba en torno a la licitud del servicio doméstico mientras sus sirvientes le aparejaban el aposento, cepillaban su caballo y le aderezaban la mesa. Canal Sur Extremadura se estrenó con la película Los Santos Inocentes, que es otra reflexión, más desgarrada que aristotélica, sobre la servidumbre. Acabo de conocer a un chaval que trabaja de perrero los fines de semana en las monterías de la zona de Guadalupe. Está orgulloso de azuzar a los perros delante de los cazadores para que levanten cochinos y venados y me aseguró que los señores son muy buenos y que al acabar la partida lo tratan muy bien, con cariño, y hasta le regalan pequeños detalles: un gorro, una pluma de faisán, una bala. Reflexionaba sobre estos temas de la servidumbre la otra mañana en la barra de un bar y me pasó como a Aristóteles: se me acercó el camarero y al echarme la leche en el café, casi se postró reverencioso: `Su seguro servidor, caballero´.

Ha comenzado la época de las monterías y me han descrito el trato de señoritos con encanto que algunos monteros regalan a la servidumbre de perreros, cocineras, camareras de mesa y ayudantes. Son señoritos democráticos que juegan a romper las distancias con `estos lugareños tan serviciales y encantadores, tan auténticos y tradicionales ´ que mantienen aún las esencias y la profesionalidad eficaz y callada del buen criado extremeño.

Antes de seguir, hagamos las salvedades pertinentes: ya sé que no todos los cazadores son así, también estoy seguro de que no todos los trabajadores de la caza son dóciles servidores prestos a humillarse e igualmente reconozco que la suya es una ocupación laboral muy digna y la industria de la caza una fuente de riqueza y jornales que hay que proteger y fomentar. Pero hechas las salvedades, me quedo con la enjundia; ese perrero, ese camarero, esa cocinera, ese capataz que antepone el don para referirse al señor aunque no esté presente y entiende como graciosa deferencia lo que no debería ser más que el trato educado y respetuoso que cualquier trabajador merece.

Entre los iconos de la transición democrática española, la película Los Santos Inocentes ocupa un lugar prominente junto a la canción Libertad sin ira, de Jarcha, o el cuadro El abrazo de Juan Genovés. El cuadro y la canción ya son historia, pero la película se ha convertido en un emblema que aparece y desaparece en las televisiones como un aldabonazo que quisiera recordarnos a los extremeños de dónde venimos y, ésta es mi preocupación, dónde seguimos estando. Dicen que el PSOE la programaba cada vez que se acercaban las elecciones generales para aguijonear las conciencias adormiladas de los votantes del sur de España, que a veces se olvidaban de su pasado de explotación. "Recordad que ya no tenéis cadenas gracias a los socialistas", sería el aviso subliminal.

Sin embargo, pasan los años y la película se sigue programando en Extremadura, no sé si para que nos cercioremos orgullosos de que ya no somos así o para que reparemos en que seguimos siendo así y hay que seguir luchando por la emancipación. Yo pensaba que era por lo primero, pero cada vez que entro en un bar y me dicen lo de su seguro servidor o emplean lo vocativos señor o caballero con una entonación que en Madrid o Vigo es para trabajarse la propina, pero aquí tiene resabios de reverencia, me entra una desazón antigua que ni 20 años de gobierno socialista han conseguido eliminar.





Alonso de la Torre
El Periódico